Originalmente esta entrada había sido inspirada por una cosa, pero la forma que ahora tomará ha sido inspirada por otra. ¿Y? Originalmente yo iba a ser gemelo y miren lo que salió.
Hace unos días alcancé a ver el final de My first 50 dates y ello me llevó a reflexionar sobre aquello que llamamos actos de amor. Pero la idea expuesta en esta entrada habría sido más burda, si es que eso es posible, de no haber visto anoche Lars and the real girl.

Cuando vi los avances de Lars and the real girl hace poco más de un año, me dije que tenía que verla. La película llegó a los cines y como suele ocurrir en nuestros apresurados tiempos modernos, algún nuevo compromiso, un nuevo deseo o el encuentro con algún amante me habrán hecho olvidarme de verla. Y como las buenas películas, o al menos las buenas películas que cuestionan nuestro hacer, duran poco en cartelera, pues me quedé sin verla. Pero el encuentro tenía que ocurrir y anoche, viendo que tenía Cablevisión OnDemand para ofrecer, me topé de nuevo con ella. No había más que pensar.
Parecerá que me estoy desviando del tema, pero no (aunque todos sabemos que me ocurre con frecuencia). Solo agregaré que Lars and the real girl es una de esas películas que debe ser vista por todo mundo. La historia es simple: un chico muy introvertido le da la sorpresa a su familia al avisarles que ya tiene novia. Pero la novia es una muñeca inflable que compró por internet. Asustados, su hermano y su cuñada piden ayuda a la doctora del pueblo y el consejo es que le sigan la corriente.
Mucho más allá de lo anecdótico, Lars and the real girl, me llevó de vuelta a uno de los planteamientos básicos de las relaciones: qué estás dispuesto a hacer por amor? Más aún: qué significa amar a alguien? La sociedad y las religiones nos han enseñado respuestas que son como esferas de navidad pintadas a mano: hermosas, brillantes y..vacías.
Crecemos creyendo que el amor de pareja es un algo maravilloso que encontramos en el otro y que cuando lo encontramos somos capaces de hacer lo que sea (o casi lo que sea) por la otra persona. Entonces salimos al mundo y nos enamoramos por primera vez. Y nos decepcionamos porque la persona de la que nos enamoramos no era lo que parecía o no corresponde a lo que nosotros le damos. Y comenzamos a medir lo que damos. Comenzamos a ser cautelosos. ¿Cautelosos, medidos? "Sí, porque tengo miedo de que me hagan daño" He escuchado esa excusa cientos de veces y es una de las más estúpidas. Si no quieres sufrir, te recomiendo que consigas una pistola y te des un tiro. O que te encierres en un cuarto con baño por el resto de tus días y te pasen la comida por abajo de la puerta. Porque aquello a lo que la gente llama sufrir viene en el paquete que se llama vida y no se lo pueden quitar.

Pero la excusa tiene menos fundamento, ya que tal sufrimiento no existe. Lo que la mayoría de la gente tiene es miedo a ser lastimado emocionalmente.
Tienen miedo a que las personas no sean como ellas esperan que sean, ése es el miedo real. Aquí, Lars nos da una lección. En su delirio, crea a su novia tal y como quiere que sea, a costa de que los demás puedan rechazarlo por ser él mismo. Y lo que sucede como resultado es casi mágico: este loco maravilloso contagia su locura a todo el pueblo. Al seguirle la corriente, todos encuentran su propia lucidez. Todo el pueblo sigue el juego POR AMOR a Lars, porque lo aman tal y como es. No le exigen nada, al contrario, disfrutan y comparten su locura.
Hay muchos momentos bellos en esta película, pero se me quedó grabada una frase. Una de sus amigas le regala a Lars un ramo de flores artificiales para que se las de a Bianca, su novia, la muñeca inflable. Lars se las da y le dice "Tómalas. No son reales, así que durarán por siempre." Para nosotros, el pensamiento de eternidad asusta. Creemos que todo lo bueno termina y que todo lo real se acaba. No es así. Las cosas duran lo que nosotros creemos que duran. Cuando comenzamos a dejar de creer en ellas, comienzan a desaparecer. No son las cosas, somos nosotros. De esa misma manera, nos aferramos a lo que creemos que es el amor y nos duele mucho dejarlo ir. Por eso nos duelen demasiado algunas ausencias y algunas separaciones. Por eso, inclusive, nos cuesta dejar ir nuestros miedos. Estamos tan acostumbrados a ellos que creemos que si los dejamos atrás no tendremos nada en adelante. Estamos conscientes de que nuestros proceder no es el mejor, que incluso nos hace daño a veces, pero no queremos soltar porque desconocemos que hay más allá. Pues aquí una noticia: hay paz. Y después de la paz, habrá lo que quieras que haya. Al final, Lars nos comprueba lo anterior. Le cuesta mucho dejar atrás su delirio, pero encuentra la fuerza en el amor de los que lo aceptan tal cual es y en sí mismo, que ha aprendido a amarse igual, tal y como es.

Hace mucho tiempo, mi papá me platicaba de una obra de teatro que lo había impresionado profundamente. Se llamaba Acto de amor y la vio acá en el D.F. Si la memoria no me falla, en alguna escena una mujer baña con todo cariño a su pareja, un hombre minusválido. Escuchamos estas historias con frecuencia y nos conmueven. Y aplaudimos la fuerza y el coraje de sus protagonistas. Y pregunto ¿Necesitarías de algo así para ver que tanto amas a tu pareja o los tuyos? ¿Los aceptas tal y como son y sus defectos te provocan sonrisas en lugar de frustraciones? ¿Estás dispuesto a dejar ir a tu miedo a ser lastimado? ¿Te provoca una sonrisa saber que el que se fue está bien aunque no esté contigo? Al final, el acto de amor más grande es dejar ser, dejar ir.
Feliz vida.